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Un Manuscrito Quiteño en la Crónica de Montesinos
Publicado por      07/22/2020 15:01:12     Ex Libris    0 Comentarios
Un Manuscrito Quiteño en la Crónica de Montesinos

Los historiadores de cada país tienen “chequeados” a los cronistas que hablan de su terruño, ya sea de manera general o específica. Y por supuesto los tienen categorizados por su mayor o menor fidelidad a los acontecimientos históricos. Se da particular atención a aquellos que recorrieron el país o alguna de sus regiones, porque se supone que habrán adquirido información de primera mano. Los cronistas preferidos de Ecuador son Pedro Cieza de León, quien, en viaje de Colombia a Perú, cruzó el país, describiendo sus pueblos y monumentos; otro, es Miguel Cabello Balboa, quien, como Vicario General de los Yumbos, hizo la descripción de la provincia de Esmeraldas, y una breve relación del levantamiento de los Quijos en la región amazónica. Se conoce inclusive que Balboa, comenzó a escribir en Quito la primera parte de su “Miscelánea Antártica”. El tercero es Fernando Montesinos, ignorado por mucho tiempo, pero sin duda un favorito de la historiografía ecuatoriana, porque cubre hechos que no son mencionados por otros cronistas. Lamentablemente, muy pocos en Ecuador han leido la obra de Montesinos, y por una razón muy simple: las memorias historiales fueron publicadas en el siglo XIX, la primera vez por Vicente Fidel López en 1869-70, y la segunda por Jiménez de la Espada en 1882, que son ediciones prácticamente imposibles de conseguir. Las más recientes, de Horacio Urtega en 1930, y la de Luis A. Pardo en 1957, han corrido igual suerte, lo que hace que Montesinos siga siendo un cronista inaccesible.

Paralelamente, la historiografía no ha cesado de investigar la producción de este cronista. La última adición al conocimiento de Montesinos es la publicación intitulada “The Quito manuscript. An Inca history preserved by Fernando de Montesinos” (Yale University Publications in Anthropology, Nº 88, 2007, New Haven) de la etnohistoriadora Sabine Hyland (St. Norbert College, EE.UU.). Se trata sin duda de uno de los trabajos historiográficos más exhaustivos de la obra de este cronista, ya que la autora no sólo hace una revisión de todos los manuscritos existentes (al menos siete y de diferentes años), sino que también establece su “stemma codicum”, o sea la reconstrucción genealógica de los mismos a fin de reconstruir el manuscrito original. Trabajo muy minucioso, por cierto, ya que las variantes del texto (con omisiones, aumentos o correcciones) deben ser analizadas y confrontadas, tratando de determinar cual de ellas representaría mejor el texto genuino del autor. Según Hyland, Montesinos produjo un texto de cinco libros, eventualmente divididos en dos partes: los libros I, II, y III, agrupados bajo el título de “Memorias Historiales y Políticas del Pirú”, y los libros IV y V, bajo el título de “Annales del Pirú”. 

“Annales” constituye una larga cronología de eventos de las Indias (desde 1498 hasta 1642), cuya redacción fue realizada, tanto a base de cronistas (El Palentino, Acosta, Herrera, manuscritos locales, etc.) como de historia oral, recogida personalmente por Montesinos: historias de piratas, vidas de sacerdotes y obispos, y relatos piadosos como los referentes al Santísimo Cristo de Mompox, Colombia, y al origen del culto de la Virgen del Cisne, Ecuador, este último de gran importancia, por haber convertido a Cisne en uno de los más grandes centros de peregrinación del país. Utilizando el manuscrito de 1642 (en la Biblioteca Nacional de Madrid), Hyland recuenta brevemente la aparición de la Virgen, la construcción de la iglesia y los milagros de la imagen. Los historiadores ecuatorianos del culto mariano no han ignorado esta fuente, aunque con un sesgo interesante, que se aclara, justamente, a la luz de la investigación de Hyland. El primer historiador que reseñó el culto de Nuestra Señora del Cisne fue el obispo Federico González Suárez (Historia General de la República del Ecuador, Quito, 1890-1894) quien manifiesta haber obtenido, en la Biblioteca Nacional de Madrid, una copia de un manuscrito de Anales, “enriquecido” con adiciones referentes a Quito, añadiendo: “las adiciones son de autor desconocido, y por eso … las hemos citado indicando que son noticias del Adicionador anónimo de los ‘Anales’ de Montesinos”. La fecha del manuscrito es 1603, año equivocado porque Montesinos llega recién a América en 1628. Los estudiosos posteriores, entre ellos Julio Matovelle (Imágenes y santuarios célebres de la Virgen Santísima en la América española, Quito, 1910) y el historiador “oficial” de la imagen, Francisco Riofrío (La advocación de nuestra Señora del Cisne, Quito, 1924), no hacen más que acogerse al criterio del gran historiador ecuatoriano, manteniendo la existencia del “adicionador”, y a veces introduciendo otros errores menores. Ahora bien, en documentos históricos, las “adiciones” son casi siempre notas marginales, que pueden ser escritas por el autor mismo o por segundas y terceras personas, asunto que puede ser dilucidado por el historiógrafo, a veces de manera bastante expedita. Al respecto, Hyland señala que Montesinos trabajó los “Annales” asignando en sus folios un espacio para cada año. Si los textos copiados eran muy cortos, el cronista dejaba vacío el resto del espacio de ese año; pero si eran muy largos, se veía forzado a cubrir el espacio añadiendo notas marginales, a uno o ambos lados del folio. Es probable, pues, que González Suárez haya consultado el manuscrito de 1642, confundiendo las notas marginales de Montesinos con las realizadas por un inexistente “anónimo adicionador”. 

En cuanto a las “Memorias Historiales”, el libro I está dedicado a demostrar que la tierra bíblica de Ofir estuvo en el Perú, uniéndose con ello a una pléyade de estudiosos que buscaban cosas similares en América, como su coterráneo y contemporáneo Antonio de León Pinelo, que trató de demostrar que el Edén bíblico estuvo en Sudamérica. Fuera de sus “pruebas” de un antiguo comercio entre Perú e Israel, y las raíces hebreas de los nombres de algunos incas, el Libro I trae una interesante revisión de las fuentes de oro del Perú y de las leyendas del Paititi. Se sabe que Montesinos estuvo al tanto de la expedición del desventurado Pedro Bohorquez (el Mesías de los Calchaquíes) y que envió a su primo Francisco en una segunda “entrada” al Paititi, de la que muy pocos regresaron. 

El libro III se centra en argumentar la justicia de la conquista española de América y la grandeza del monarca ibérico, como base para legitimar la evangelizacion de los indios. Nada especial, fuera de los argumentos bastante conocidos sobre el tema, con lo cual llegamos al libro II que es el que nos interesa y que versa sobre la cronología de los incas y sus conquistas y expediciones en el territorio del actual Ecuador. Cabe resaltar las referencias a grupos étnicos como Cofanes y Chonos, la campaña de Guayaquil, el conocimiento de las zonas de Calacali y el Pululagua, el reconocimiento de Atahualpa como ultimo inca, el gran énfasis en la sierra norte, particularmente la guerra inca-caranqui, donde tiene especial representación la figura de Quilago, elevada a la categoría de mujer emblemática en el Ecuador actual, en fin, la conquista de los Cañaris y la referencia sobre la construcción, por parte del cacique Duma, de un palacio y “otras muchas cassas” para el inca. Al respecto, Hyland sugiere que se trataría de “Ingapirca” que, para nosotros, es el Ingapirca de Cañar. Sin embargo, hay que señalar, primero, que el texto de Montesinos no menciona el nombre ni la ubicación del monumento, y segundo, que el término “ingapirca” ha sido usado, desde la Colonia, para designar cualquier edificio precolombino, no necesariamente inca. En todo caso, se estima ahora que las mencionadas construcciones se encontraban al Sur de Cuenca, entre Cochapata y Nabón. Se trata de las ruinas encontradas por Max Uhle (1923) en Dumapara, donde se menciona la presencia de una casa inca “y un número de galpones grandes de origen cañari”. Nótese que el arqueólogo alemán usa, casualmente o no, el término de “galpones”, el mismo que usa Montesinos en el libro II. Otra referencia del mismo lugar, y más antigua, es la que da Humboldt, cuyo pasaje pertinente está reproducido en este mismo número de “Apachita”. 

Además de esta “familiaridad” que muestra Montesinos por la geografía e historia del territorio del actual Ecuador, hay asuntos de carácter general que dan una perspectiva muy peculiar al libro II de “Memorias historiales” que, según confesión del mismo Montesinos, fue un manuscrito escrito por un quiteño y adquirido por él en Lima. En acucioso análisis de las fuentes, Hyland trata de demostrar cuán diferente es este libro respecto a los demás de “Memorias”. Por ejemplo, la famosa historia de los 93 reyes pre-incas, presentada en estructura similar a las genealogías bíblicas y mesopotámicas, no ha sido encontrada en ninguna otra fuente histórica (excepto en Blas Valera). Por otro lado, la visión de los indios andinos, generalmente hostil y poco apreciativa de su carácter en los libros I y III, aparece radicalmente cambiada en el libro II, que mas bien resalta las glorias del imperio inca y su papel civilizador en los Andes. Añádanse a esto, discrepancias de forma, como la distorsión de los nombres quichuas y errores gramaticales, muy peculiares en el libro II, respecto a los demás, y el lector puede imaginarse ya a Hyland en busca detectivesca del autor del manuscrito original. La autora analiza la posibilidad de varios candidatos, centrándose a mi parecer, en la figura de Diego Lobato de Sosa Yarucpalla, un mestizo de Quito, traductor, amigo probable de Valera y acaso autor de una historia aborigen hoy perdida. 

Fuera de los asuntos específicamente historiográficos, el libro de Hyland trae interesantes discusiones sobre temas panandinos en los que el manuscrito de Quito aporta con singulares interpretaciones de marco bíblico y cristiano: el mito de los gigantes sodomitas y las transgresiones sexuales, la magia amorosa de las mujeres andinas, el calendario andino y el conteo del tiempo, y los sistemas de escritura andina de quilcas y quipus, que pueden ser de gran utilidad para los lectores no interesados en la intrincada investigación comparativa de manuscritos. Y para terminar con broche de oro su investigación, Hyland presenta, en esta publicación, una nueva transcripción del libro II de las “Memorias historiales” basada en el manuscrito de 1644, de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, que no solo corrige los errores y adulteraciones de las ediciones anteriores (i.e. de Jiménez de la Espada y Vicente Fidel López, entre otros), sino que incluye las transcripciones exactas de las ortografías española y quichua. En suma, un trabajo inteligente y bien logrado, que merece una traducción en español y, si es posible, en Ecuador.

Original publicado en 2008, Apachita 12: 22-24. Laboratorio de Arqueología, PUCE, Quito

Autor: Ernesto Salazar

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