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La Balsa
Publicado por      12/14/2020 00:00:00     Ex Libris    0 Comentarios
La Balsa

Desde tiempos precolombinos, la costa de Ecuador ha sido mar de balsas y viajeros, y tierra de expertos navegantes a vela, como señala el cronista Cabello Balboa. De hecho, el primer encuentro, en nuestra costa, de nativos aborígenes con europeos, ocurrió en el mar, donde por primera vez exhibieron sus galas “côte à côte” el galeón español y la balsa huancavilca. Hay grandes historias de tecnología y proeza de las humildes balsas, que han generado abundante literatura, compilada ahora en un volumen por Jenny Estrada (1988), para los lectores interesados. Que nuestros aborígenes costeros eran excelentes navegantes lo prueban los documentos de archivo sobre comerciantes que surcaban el litoral, de arriba abajo, con sus naves repletas de productos exóticos y estratégicos, como la concha Spondylus, muy apreciada para rituales en el antiguo Perú. Además del transporte a lo largo de cientos de millas, que era ya una proeza, los comerciantes o sus familias tenía que recoger las conchas en sumersiones profundas de más de 20 m., para llegar a los arrecifes de la Spondylus, lo cual era también otra proeza. Los españoles descubrieron pronto esos talentos de sus ya vecinos y paulatinamente comenzaron a utilizar su mano de obra para los mil reclamos que tenía la armada real: aprovisionamiento de comida, agua, leña, transporte de carga a los barcos y desde ellos, y al fin su quasi incorporación al servicio de la armada real, como navegantes, buzos y nadadores, y expertos en ayuda, recuperación y reparación de navíos, incluyendo el difícil menester de arregla-pleitos hispano-huancavilcas.

Poco se sabe de los tiempos anteriores a los españoles. Dicen, sin embargo, que el inca Tupac Yupanqui hizo un largo viaje por mar a unas islas conocidas como Ahua Chumbi y Nina Chumbi, de las que hoy nadie tiene memoria. Aunque algunos especialistas han especulado que se trata de las islas del archipiélago de Galápagos, la mayoría ha propuesto que fueron algunas islas de la Polinesia. Según Sarmiento de Gamboa, el inca habría hecho construir “una numerosísima” cantidad de balsas para unos 20.000 soldados, que habrían sido transportados, según Cabello Balboa, por nuestros expertos pilotos costeros. Difícil precisar hasta donde llegó la expedición, pero ambos cronistas señalan que habría tocado unas islas, de donde el soberano trajo de recuerdo “gente negra y mucho oro y una silla de latón y un pellejo y quijadas de caballo”. 

Es probable que esta y otras historias locales sobre tesoros allende el mar, hayan impulsado algunos viajes de exploración y colonización de la mar del Sur, como las de Alvaro de Mendaña (1567 y 1595) que ocuparon brevemente algunas islas Salomon y Marquesas. No se obtuvo información sobre encuentros lejanos de pueblos aborígenes, pero tiempo después (siglos XVII y XIX) surgieron muchas discusiones de gabinete sobre la conexión transoceánica, particularmente del lado botánico que sugería claves del contacto basándose en la dispersión de ciertas plantas, como el camote que habría ido de Sudamerica a Polinesia, y la palma de coco de esta a aquella, antes de la llegada de los europeos.

No fue hasta el siglo XX que arqueólogos, historiadores y marineros tomaron al toro por los cuernos, impulsándolo con una interesante prueba de fuego, en este caso un viaje “transpacífico” realizado en una embarcación primitiva (o casi) que probara la posibilidad de viajes precolombinos desde la costa de Sudamérica a las islas de la Polinesia. 

Una de las más importantes travesías fue la realizada por el noruego Thor Heyerdhal en 1947, saliendo de Callao, Perú, hasta el arrecife Raroia en las islas de Tuamotu, en viaje de 100 días, cubriendo 6.900 Km. Heyerdhal diseñó una embarcación (su Kon-Tiki), siguiendo el modelo tradicional de la región: una plataforma de palos de balsa con una caseta de latilla de guadúa encima, muy semejante a las casas flotantes precolombinas y coloniales, de las que aún quedan vestigios en el río Babahoyo. Al efecto, construyó una balsa de 9 palos de 14 m. de largo, obtenidos de una plantación de Quevedo y enviados, flotando por la ruta fluvial río Palenque-río Guayas, hasta el golfo de Guayaquil, donde un barco de cabotaje los recogió y los llevó a Callao.

Todo este asunto se me vino encima cuando, en junio de 2015, visitábamos a nuestros amigos cántabros, los restauradores Lidia Santelices e Ignacio Retuerto. Paseábamos por un extremo de la ciudad de Santander, cuando de súbito aparecieron, en la Península de la Magdalena, las réplicas de varias embarcaciones antiguas, una de las cuales nos pareció a Myriam y a mí, tan familiar, que aceleramos el paso para verla mejor. Y allí se materializó ante nuestros ojos LA BALSA del navegante cántabro Vital Alsar, un doble de Heyerdahl si se quiere, por ser ambos viejos lobos de mar, con varias expediciones independientes a sus espaldas, y con el mismo interés de demostrar la probabilidad de exploraciones y hasta migraciones primitivas a través de los océanos.

Alsar realizó tres expediciones transpacíficas de las que me refiero solamente a la que zarpó de Guayaquil en 1970, en viaje de 161 días, cubriendo 15.862 km. hasta su destino final en la costa de Australia (Mooloolaba, Queensland). Sin duda, un record de distancia no cubierto hasta entonces. No sin razón, el libro de su jornada se intitula “La Balsa, el viaje en balsa más largo de la historia” (Vital Alsar y Enrique Hank López, 1974). Esta embarcación fue también construida, siguiendo el modelo de la casa flotante, con palos de balsa  y guadúas de la zona de Quevedo, traidos de similar manera que los de Heyerdahl, aunque solo hasta Guayaquil, de donde zarpó la expedición. Hubo gran regocijo en el país a la salida de Vital. La historiadora Jenny Estrada señala inclusive que el Presidente de la República José María Velasco Ibarra dió la orden del zarpe, saludando al marinero cántabro con la frase “Hombres como usted hacen la historia”.

El impacto de estos viajes en la ciencia ha sido menor que la hazaña física; de hecho ni siquiera se ha esbozado alguna ruta pre-colombina (Polinesia-Sudamérica o viceversa), ya que las olas parecen llevar a estos aventureros navegantes casi a cualquier parte. Sin embargo, no quiero dejar esta nota sin señalar que el viaje de Alsar me “suena” más ecuatoriano, en la medida que la balsa fue construida con madera ecuatoriana, salió de Guayaquil, puerto ecuatoriano, y que su autor ha reivindicado para su viaje la tecnología de los manteños-huancavilcas precolombinos, como consta en su libro y en la placa conmemorativa que se exhibe delante de la réplica de la balsa.

Los ecuatorianos de las cercanías y de las lejanías deberían visitar el lugar y repensar la historia de las actuales migraciones, contemplando, una junto a otra, las carabelas de Colón y la humilde balsa huancavilca, como símbolos de que el mar inmenso es ruta para todos los humanos. 

Y al fin, la despedida y las fotos de rigor. Y allí la dejamos. Parada frente al mar. Como si esperara que algún migrante ecuatoriano la bote del parque al agua para regresar juntos a casa…

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