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Jemmy Button y el Imperio Británico
Publicado por      01/08/2021 00:00:00     Ex Libris    0 Comentarios
Jemmy Button y el Imperio Británico

A fines de 1831, levó anclas de Davenport el HSM Beagle, bajo el mando del capitán Robert FitzRoy, con la misión de completar el reconocimiento geográfico de la Patagonia y Tierra del Fuego, y de recorrer además las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico. En suma, un viaje de rutina que, en nada, hacia presagiar la formidable importancia histórica que tendría en los años por venir. En efecto, en el Beagle viajaban un joven de 23 años llamado Charles Darwin que, con fuerza de terremoto, habría de sacudir las bases mismas del pensamiento occidental de su tiempo, y tres oscuros personajes llamados Fuegia Basket, York Minster y Jemmy Button, indios fueguinos que habrían de jugar un rol decisivo en las ambiciones coloniales de Inglaterra en el Atlántico Sur, y eventualmente en la misma extinción de su raza. 

Al entrar el barco en el luego llamado Canal del Beagle, y ver al fin el paisaje de su tierra, Button recordaría el inicio de su extraña odisea. Dos años antes, FitzRoy había hecho el primer recorrido por la región, seguido a cada instante por cantidades de canoas cargadas de indios que llamaban, gritaban y vociferaban a los europeos, obligándoles continuamente a trueques y regalos, y escrutando con persistencia sus recorridos cartográficos en tierra. “Su cabello colgaba de sus cabezas como techo de choza vieja, y su piel cobriza, muy sucia, estaba cubierta de aceite”, dice FitzRoy, y “si los rasgos fisionómicos dicen algo, había en ellos malicia, indolencia, intelecto deficiente y falta de energía”. Los indios les robaban todo lo que se encontraba a su alcance, inclusive la ropa que llevaban puesta los europeos. El clímax de esta extraña relación, acentuada por el desconocimiento del idioma de cada bando, ocurrió con ocasión del robo de una lancha. FitzRoy decidió escarmentarlos “invitando” a algunos indios a subir al Beagle, con el fin de tenerlos como rehenes hasta que se le devolviera la embarcación. Para decepción suya, los fueguinos no le hicieron caso ni parecieron estar preocupados por la suerte de los secuestrados. 

FitzRoy decidió quedarse con tres de ellos, Fuegia, niña, York, adulto, y Boat Memory, adolescente, a los cuales se integró luego un niño llamado Orundellico, a quien le dio el nombre de Jemmy Button, en recuerdo del botón de madreperla que regaló al adulto que se encontraba a su lado cuando lo secuestró. Al ver las burlas con las que los tres primeros recibieron a Jemmy, FitzRoy pudo constatar que los fueguinos no constituían un solo grupo. Por el momento, al menos, había reunido en su barco a tres alakalufes y a un yagán o yámana. Al verlos a bordo vistiendo ya ropas europeas, en alegre camaradería con los marineros, y jugando al interminable intercambio de voces fueguinas e inglesas, FitzRoy concibió inesperadamente el proyecto de educar a los fueguinos en Inglaterra y devolverlos a su tierra provistos de “herramientas, ropa, y conocimiento que pueda ser difundido entre sus paisanos”.

Luego de la larga jornada a Europa, el Beagle ancló en Plymouth a mediados de octubre de 1830. Un mes después, Boat Memory moría de viruela, lo que determinó que sus compañeros fueran internados por 24 días en el Hospital Naval; golpe duro para FitzRoy que entre tanto se hallaba buscando arduamente ayuda del estado y un establecimiento apropiado para la educación de los fueguinos. El capitán quería evitar a sus protegidos la exposición al descontento popular de las ciudades de Inglaterra a causa de la revolución industrial. Crímenes, agitación política, enfermedades contagiosas, proletariado en condiciones infrahumanas, etc. eran solo algunas lacras que tenían los “civilizados” ingleses, que no obstante sentían mórbido placer por los “salvajes” contemporáneos. En la época, habían desfilado ya por Londres, en exhibición circense, Sartji, la venus hotentota, Tono María, la venus de Sudamérica, lapones, esquimales, zulúes, bosquimanos, entre otros. Por ello, discretamente, FitzRoy llevó a sus fueguinos fuera de Londres, a la escuela de Walthamstow, administrada por los esposos Jenkins. La adaptación fue relativamentre fácil para los niños Jemmy y Fuegia; no así para York (28 años!) que tenía obviamente otros intereses, uno de ellos, la creciente obsesión por Fuegia, de apenas 10 años. Por cierto, los fueguinos se bañaban, vestían ropa cara, y su cabello estaba siempre bien cortado. Y con el creciente aprendizaje del inglés, acrecentaban sus contactos personales, aunque siempre limitados por el mismo FitzRoy. Notable entre ellos fue la invitación de sus majestades el rey Guillermo IV y la reina Adelaida. Aunque los registros de la Corte no señalan esta visita, se conoce por el relato de FitzRoy del interés que mostró el rey por el bienestar de los fueguinos y por el país que habitaban, y de los regalos hechos por la reina.  

Entre tanto, el Beagle se encontraba en proceso de acondicionamiento para un nuevo viaje a alrededor del mundo, que sería comandado por el mismo FitzRoy, circunstancia que le daba la oportunidad de devolver personalmente a los fueguinos a su tierra natal. Esta vez, el capitán los dejaría con casa construida y campos preparados para el cultivo y, lo que es más, un misionero de la Church Missionary Society para el cuidado de sus almas y las de su pueblo. Se hizo una colecta pública para dotar de lo indispensable al puesto misionero y a los fueguinos, que recibieron la más variada y extraña colección de regalos, entre los que constaban costosa ropa europea, servicios de tocador, vajillas, sombreros, pañuelos de seda, herramientas de labranza y hasta bacinillas. 

El 27 de diciembre de 1831, el Beagle zarpó hacia el Cabo de Hornos. Jemmy, que se había convertido en la vanidad en persona, gustaba de pasearse en el puente lujosamente vestido y con los zapatos brillantes, que los lustraba apenas la mínima mancha los afectaba. Se hizo amigo de Darwin, por quien mostraba condescendencia y piadosa simpatía; el joven naturalista era hombre de tierra y de campiña, y se mareaba frecuentemente, apenas el mar agitaba al Beagle. A Jemmy le parecía simplemente ridículo que un hombre pudiera marearse. Y entonces se le acercaba, sonriendo, y le daba una palmadita en el hombro y luego se alejaba perplejo diciendo: “Pobre. Pobre hombre!”. Pero Darwin aprovechaba sus contactos con los fueguinos para medir su inteligencia y escrutar un poco en la cultura de sus amigos. Su habilidad para aprender otras lenguas le pareció una medida interesante. Con sólo dos paradas en Rio de Janeiro y Montevideo, Fuegia Basket había regresado al barco con un breve repertorio tanto de portugués como de español. En su “Origen del Hombre”, Darwin haría después alusiones a la adaptación de los fueguinos al clima severo, a su capacidad mental, a sus afinidades con los europeos, etc. 

Finalmente, en enero de 1833, el Beagle llegó a Wulaia Cove, tierra de Jemmy, donde se asentaría el primer poblado fueguino “civilizado”. Los ingleses esperaban una llegada apoteósica con besos y abrazos de los fueguinos con sus compatriotas. Pero nada. Jemmy se reunió en silencio con su madre y hermanos sin mayor afectividad. FitzRoy diría después que hasta el encuentro de dos perros extraños en una calle es más animado que el encuentro de los fueguinos; igualmente Darwin diría que aquella reunión fue menos interesante que la de un caballo que asoma a los tiempos en el campo y se une a un viejo compañero. De todas maneras, se construyeron inmediatamente tres espaciosos “wigwams” (chozas de troncos y ramas) para los fueguinos y el misionero, y se abrieron dos pequeños solares en los que se plantaron papas, zanahorias, porotos, arvejas, lechuga, cebolla, coles. 

El Beagle salió de exploracion y cuando regresó nueve días después, FitzRoy encontró el “poblado” completamente saqueado. Jemmy, avergonzado, reportaría al capitán: “mi gente muy mala; loca, no sabe nada, muy loca”. Luego de hacer el mapa del Atlántico sur, FitzRoy visitó por última vez a sus pupilos en marzo de 1834. A Jemmy lo encontró desgastado, desnudo, excepto por un taparrabo, con pelo largo y ojos cubiertos de ceniza. No era ni la sombra del joven vanidoso que había sido en Inglaterra. Sin embargo, invitado por el capitán a regresar a Europa, Jemmy dijo que no quería cambiar más su modo de vida, y que se quedaría en su tierra donde pertenecía. Quería ser el indio Yamana que siempre fue, y acaso el único tributo a Inglaterra fue que dejó para siempre su nombre indio de Orundellico.

Pero su destino no estaba sellado. Un misionero llamado Allen Gardiner, atinó a visitar en 1841 el estrecho de Magallanes, donde se hizo amigo de algunos indios. Conocía la historia de los fueguinos de FitzRoy, y concibió la idea de establecer en Tierra del Fuego una estación misionera “flotante”, desde donde cristianizaría a los indígenas de la región. Y la clave fue buscar a Jemmy Button. De regreso a Inglaterra estableció la Patagonian Missionary Society, adquirió dos lanchas metálicas, y en 1850 partió hacia Tierra de Fuego, en busca de Jemmy, sin llegar a encontrarlo. Cerca de su objetivo, en Bloomfield Harbour, perdió las lanchas por mal tiempo, y el y sus seis compañeros sucumbieron a las enfermedades y el hambre en una playa desolada. En vez de constituir un revés grave y definitivo, el sacrificio inútil de los misioneros fue un incentivo para la Sociedad Patagónica que, bajo la guía de George Packenham Despard decidió mas bien utilizar las islas Falkland (Malvinas) como estación de tierra adonde irían los fueguinos a educarse para luego retornar a sus hogares. 

La Sociedad compró un barco (bautizado como Allen Gardiner, en memoria del misionero fenecido) que, en 1854, partió para las Falkland, bajo el mando de William Parker Snow. Para guarecerse del mal tiempo, el barco tocó la Isla Keppel, donde los misioneros encontraron magníficas condiciones para el establecimiento de la que llamarían “misión Cranmer”. Finalmente, en Noviembre de 1855, el Allen Gardiner llegó a Wulaia Cove en busca de Jemmy Button. El indio subió a bordo y parándose delante de Snow le dijo: What is your name? Uno de los marineros se quedó estupefacto: “No lo puedo creer; qué cosa más rara. Este indio de ojos rojos, sucio, desnudo y salvaje, está hablando tan claramente con el skipper como si fuera uno de los nuestros!”. 

Jemmy tenía entonces dos esposas y varios hijos, y rehusó la invitación a Keppel Island. Finalmente cedió a las presiones y en 1858 se trasladó a la isla con su esposa mayor y tres hijos, por “cinco lunas”. Su escasa disposición para el trabajo en Cranmer, su poco empeño en aprender inglés y su falta total de interés por enseñar a los misioneros su idioma y su cultura, convirtieron a Jemmy en un inviduo inútil para los fines de la Patagonian Missionary Society. Cuando, al fin de su estadía, los misioneros lo devolvieron a su tierra, regresaron a la misión con otro grupo de nueve fueguinos que respondieron más positivamente a los intereses de la misión, aunque con agudos problemas de convivencia, derivados del inveterado hábito de los fueguinos de robar las pequeñas cosas de los misioneros. La crisis explotó cuando, al despedirlos de regreso a Wulaia, en novembre de 1859, el catequista Garland Phillips ordenó que sean revisados los equipajes de los fueguinos, que estaban enfurecidos por semejante ultraje. La llegada fue más tensa aún, porque un marinero ordenó nueva revisión de equipajes. Jemmy salió a recibirles, salvaje como siempre, y descontento, porque había pocos presentes para el. Al fin desembarcaron todos, y mientras los marineros ayudaban en la construcción de una casa misionera en tierra, 300 fueguinos atacaron y masacraron a pedradas y palazos a todos los ingleses en tierra, salvándose solamente uno, Alfred Coles, que había permanecido de guardia en el Allen Gardiner, y que posteriormente acusaría a Jemmy de urdir la masacre. 

Las investigaciones del gobierno inglés no llegaron a nada. Los misioneros protegieron a Jemmy, y todos más o menos se acogieron a la acusación del fueguino de que los hombres Oens, los Onas, habían perpetrado la masacre. Despard renunció a su cargo, dejando en Keppel Island a su hijo adoptivo Thomas Bridges y algunos fueguinos. La Sociedad quedó prohibida de llevar más nativos a la misión, lo que no impidió que 50 fueguinos hicieran viaje a la misión Cranmer. Cuando, en 1864, el Alland Gardiner los llevó de vuelta a Wulaia Cove, los ingleses se enteraron de que Jemmy Button había sucumbido a una epidemia, y de que los restos de los hombres masacrados habían sido localizados. Se realizó por ellos un servicio funeral en el barco y en el lugar del enterramiento, con cantos y bandera a media asta, pero nadie se interesó por visitar al menos la tumba del indio que se había entrevistado con los reyes de Inglaterra y había hecho tanto por mejorar las relaciones entre indios y blancos. Hubo más viajes de fueguinos a Keppel Island, inclusive un pequeño grupo, que incluía un hijo de Jemmy, fueron a Inglaterra donde pasaron visitando lugares y dando charlas. El Dr. John Beddoe de la Anthropological Society hizo una concesión a dos fueguinos, al mencionar que sus medidas indicaban que su inteligencia estaba por encima de la “media de la población de Bristol”. 

En 1867, Bridges y Stirling fundaron en el canal del Beagle un asiento llamado Ushuaia que creció con rapidez, recibiendo a todos los fueguinos que quisieran asentarse por una vida agrícola y civilizada. A ellos se unió un día de 1873 un grupo de salvajes alakalufes, entre los que venía nada menos que Fuegia Basket. Finalmente, en septiembre de 1884, cuatro barcos de guerra argentinos cruzaron el canal y tomaron posesión de Ushuaia en nombre del gobierno argentino. Lamentablemente los marineros trajeron el virus del sarampión: más de la mitad de yamanas murieron en el lapso de un mes y la mayoría de sobrevivientes en el lapso de dos años. Los fueguinos habían tomado ya el camino de la extinción. En 1888, la colonia penal de Staten Island fue movida a Ushuaia, estallando otra epidemia que mató a todos los yamanas en un radio de 48 Km. del asentamiento. Por esta época se habían introducido también prospectores de oro, ganaderos de ovejas (el mismo Bridges se convirtió en uno de ellos), y otros convictos libertos que realizaban partidas de caza para acribillar fueguinos como si fueran animales. Tantos miles murieron que, a comienzos del siglo XX, los fueguinos se habían casi extinguido. Hoy sus escasos descendientes son mestizos hijos de blancos.

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