.

.

Tierra Santa
Publicado por      01/08/2021 00:00:00     Ex Libris    0 Comentarios
Tierra Santa

Antes de que los gringos construyeran Disney World, los ecuatorianos ricos visitaban la Tierra Santa. Por cierto, cuando regresaban, lo hacían con halo de santidad y muchos recuerdos…. aunque no peluches, ni barbies, ni jarros de Mickey Mouse, ni camisetas del Pato Donald…., sino cosas extraordinarias. En realidad, cosas de infarto… como frasquitos con agua del río Jordán, donde se bautizó Jesús, cajitas con tierra santa de la Tierra Santa y hasta pedacitos de la Vera Cruz, o sea de la mismísima cruz en la que fue crucificado el Redentor; y si no había algo más a mano se compraba aunque sea cruces o crucifijos genéricos, pero hechos en Tierra Santa. 

Viajeros conocidos como Fray Vicente Cuesta (1875), Amable Sosa Gallardo (1940), Enrique Puertas (1924), y Alberto Saquicela (1961), entre otros, han publicado hermosos y piadosos testimonios del extraordinario viaje, con no pocos comentarios de la vida política europea y nacional, que algún rato y con más espacio se podrían discutirlos. A veces el autor optaba por el “género epistolar”, publicando su odisea en forma de cartas enviadas a un amigo, quien terminaba de editor, al publicar el conjunto de cartas en un solo libro, como lo hizo Fr. Cuesta con ayuda de Juan León Mera, o en España Fr. Francisco Vallesca con su amigo Joaquín Erra (Un cristiano en Palestina, 1855). La mayoría de viajes era realizada por sacerdotes que aprovechaban la celebración de algún concilio en el Vaticano o la subida a los altares de algún santo local, para visitar la vieja Europa, peregrinar a algún centro religioso, como Fátima o Lourdes, y dar de una vez el “saltito” a la Tierra Santa. Con la excepción de Saquicela, que viajó en avión de Quito a Jerusalén, entendible por ser época relativamente reciente, los viajes tempranos del siglo XX se hacían por mar, generalmente desde Marsella a Jaffa, y luego en tierra por automóvil. Al efecto, la Iglesia montó una larguísima red de facilitadores de sus viajeros en cuestiones de pasaportes, aduanas, medios de transporte, alojamiento y acceso a concesiones litúrgicas (participación en procesiones, celebración de misas, etc.), sobre todo en los llamados Santos Lugares. Los más exitosos han sido siempre los franciscanos que los han cuidado por siglos y han apoyado con alma y vida a sus visitantes. Al tiempo de la llegada de Sosa Gallardo en Jerusalén, había una docena o más de hostales franciscanos para peregrinos, amén de servicios similares provistos por residentes rusos, armenios, estadounidenses, etc. y por fieles de las numerosas denominaciones cristianas de la región. 

Enrique Puertas era médico colombiano con larga residencia en Ecuador, y tenía que amañarse como podía para el santo viaje, que fue decidido cuando ya estaba en Europa. Gracias a él sabemos que Monseñor Henry Potard, canónigo de la catedral de París, mantuvo por mas de 30 años un “tour” llamado “Peregrinación de San Luis Rey de Francia”, que operaba dos veces al año, en Semana Santa y en las vacaciones de julio. Otro tour, de la competencia, estaba a cargo de los Padres Asuncionistas (o Agustinos), a la sazón dirigido por el P. Olivier, y bastante más exitoso en el reclutamiento de viajeros. Puertas tomó el tour de San Luis y consignó una lista de 39 viajeros registrados, entre los cuales figuraban el y su amigo ecuatoriano de Latacunga, el industrial Luis Segovia. 

Cómo este humilde pecador y su esposa pudieron ir a Tierra Santa fue asunto de casualidad antes que de piedad religiosa. El colega arqueólogo Prof. Avraham Ronen, a quien alguna vez atendimos en Quito y a quien incluso lo tuvimos como conferencista en el Centro Cultural de la PUCE-Quito, nos invitó a un simposio de arqueología del Grupo “Suyanggae and her Neighbors” a realizarse en la Universidad de Haifa, Israel. Pasados los días de presentación de ponencias, nuestros anfitriones nos agasajaron con las consabidas visitas a sitios arqueológicos, incluyendo esta vez algunos de los lugares “santos” del Occidente cristiano que se encuentran en el actual estado de Israel. 

Haifa (280.000 h.) se alza a orillas del mar Mediterráneo, justo en la base y declives bajos del famoso Monte Carmelo, en cuyos taludes se encuentran también las cuevas de Tabún, el-Wad y es-Skhul, excavadas a comienzos de la década de 1930. Por cierto, no son sitios bíblicos, y su importancia radica mas bien en la larga ocupación humana (300.000 años) que se ha encontrado en ellas y la evidencia de la coexistencia de neandertales y sapiens en la región. Para un paleolítico como yo, fue muy emocionante visitarlas, sobre todo la cueva de Tabun, donde aún se ve la excavación realizada por la legendaria Dorothy Garrod, una de las pocas mujeres de su época dedicadas a la arqueología paleolítica. Antes de entrar en cosas más profundas y santas, visitamos también excavaciones en marcha en otros sitios paleolíticos, como Misliya, cuyos artefactos pudimos revisar con los demás colegas.

Al Este de estas cuevas se halla el mar de Galilea en cuya orilla alta se levanta Cafarnaum, un pequeño pueblo bíblico donde Jesús hizo vida pública y proselitista, atrayendo a los pescadores de la zona, algunos de los cuales se convirtieron en apóstoles del naciente cristianismo. Trabajos arqueológicos allí realizados han permitido descubrir el pueblo bíblico mismo representado por casas de basalto con patio interno y cuartos pequeños, agrupadas en manzanas. Así mismo, unas estructuras habitacionales atribuidas a la casa de Pedro, yacen debajo de una iglesia católica moderna, provista de un suelo de vidrio para apreciar desde el interior las ruinas de la casa, aunque se puede verlas también, y mejor, yendo por debajo de la iglesia. Igualmente, se ha reportado en el lugar la existencia de una iglesia cristiana hacia 380 AD. En fin, en Cafarnaúm se han hallado las dos sinagogas más antiguas de Israel. Una de ellas, de espacio amplio, con naves laterales y columnas de caliza muy bien esculpidas, fue destruida por los árabes en AD 638 y por un terremoto un siglo después, quedando el pueblo abandonado hasta bien entrado el siglo XIX, cuando comienza la excavación y recuperación del presente lugar que, de paso, saluda al visitante con una de las estatuas más emblemáticas del Apóstol San Pedro. 

A corta distancia, al sur de este mar, y ya en el río Jordán, se encuentra la localidad de Yardenit, designada en 1981 por el Ministerio de Turismo de Israel como el nuevo lugar donde conmemorar el bautismo de Jesús. Por siglos, las tradiciones oral y escrita han señalado a Qasr el Yahud, cerca de la antigua Jericó, como el lugar de dicho evento, pero por razones de seguridad (el lugar se encuentra en la orilla derecha del río Jordán, en zona fronteriza con el West Bank), su visita está cerrada definitivamente. Desde sus fuentes en el monte Hermón, el río Jordán fluye de Norte a Sur, cruzando el mar de Galilea y recogiendo algunos afluentes, hasta desembocar en el mar Muerto, a 422 m. bajo el nivel general del mar. Los canales de desvío y los reservorios de agua construidos por Israel y Siria en el afluente Yarmouk, la estación israelí de bombeo del mar de Galilea, y la necesidad cada vez mayor de consumo de agua, han determinado que el flujo del Jordán se haya reducido notablemente; a lo que habría que añadir la recepción de aguas negras y el establecimiento de salinas en el bajo Jordán, todo lo cual ha puesto en grave peligro el sistema ecológico local. 

Pero como el Jordán es un río sagrado, los cristianos lo visitarán hasta que exista la última gota de agua, y aún mucho tiempo después. Curiosamente, las menciones del río en la Biblia son poquísimas: Jacob cruzando el Jordán para instalarse en la tierra prometida (Génesis XXXI,10), Eliseo abriendo las aguas del río con el manto de Elias (Reyes IV, 2), y Naman, jefe leproso del ejército sirio, lavándose siete veces en sus aguas para curar su enfermedad (Reyes V, 14). En la realidad, la sacralidad del río se volvió relevante, solo cuando San Juan Bautista se instaló en sus orillas, para predicar y bautizar en sus aguas a los catecúmenos, a tal punto que el mismo Jesús pidió ser bautizado allí. El texto del bautismo, traducido a más de 80 lenguas, le aguarda al peregrino justo en la entrada a Yardenit. Por cierto, no faltan las “celebridades” (sobre todo estadounidenses) que han hecho su visita al lugar para darse un baño de popularidad religiosa. Hay fotos exhibidas de cantantes, actores de series, algunos políticos, y muchos pastores evangélicos de diversos países que han acudido al bautismo de sumersión. Por cierto, los “protocolos” actuales previenen muchedumbres inmanejables, hay piadoso silencio en las instalaciones, y los bautizandos acuden al río en bata, como los catecúmenos de antaño. Pero no siempre fue así. Graham que, en 1912, fue en peregrinación a Jerusalén con un grupo grande de campesinos rusos, señala que la visita al Jordán era en sí otra peregrinación al interior de la más grande. Hubo no menos de 1500 peregrinos, llevados en procesión por sacerdotes portadores de los íconos para consagrar el agua. Y atrás una caravana de asnos llevando peregrinos cansados o viejos, y los sacos llenos de una miríada de cosas (cruces grandes y pequeñas, mortajas, botellas y tarros para el agua, y hasta vestidos y capas bordadas), compradas en Jerusalén la víspera, para ser también, santificadas con sumersión en el río. Llegados cerca, cantando himnos, los peregrinos se encontraron con un grupo de avanzada semidesnudo, que tenía un campo lleno de vestidos y batas secándose en las piedras. Con el sol que hacía, todos se desnudaron para ponerse sus vestidos rituales (batas blancas las mujeres y camisas blancas y pantalones los hombres), y se sumergieron en el Jordán junto con los iconos sagrados y los costales de recuerdos. Al salir, empezó una nueva algarabía con nuevos peregrinos, mientras los bautizados secaban sus desnudeces simplemente al aire, porque nadie había llevado una toalla. Y claro mucha gente perdió sus pertenencias porque fueron robadas o porque no atinaron con el lugar donde las dejaron. 

Desde aquí, viajamos hacia el sur, para visitar Jerusalén, el mar Muerto y Masada. Para los cristianos, Jerusalén es el axis mundi, la ciudad sagrada por excelencia, donde se encuentran los lugares más importantes de su fe, como el Monte de los Olivos, el Gólgota y la tumba de Jesús. Parece que, hacia el siglo IV de la era cristiana, la zona más emblemática se convirtió en centro de peregrinación, aunque una serie de trabajos anteriores habían cambiado ya el aspecto general del lugar. En efecto, una serie de aterrazamientos y construcciones diversas (como un templo a Venus y Cupido), realizadas por romanos y bizantinos, determinaron la pérdida y olvido de la ubicación original de los elementos más relevantes para los cristianos. Del siglo VII al IX, se trató de restaurar lo perdido, se hicieron nuevos descubrimientos (como la cárcel de Jesús y la piedra de la Unción, donde fue embalsamado) y se construyeron varias capillas griegas y armenias para atender el flujo de los peregrinos. Fueron los cruzados, los que finalmente, en la década de 1140, encerraron todos los pequeños y grandes lugares al interior de una enorme construcción, conocida hoy como Iglesia, Templo o Basílica del Santo Sepulcro. La foto adjunta de la fachada con dos puertas (una de ellas tapiada) está tal cual la dejaron los cruzados hace 870 años. 

En compañía del colega arqueólogo Gabi Barkai, profesor de la Universidad de Bar-Ilan, Israel, hicimos un fascinante recorrido por este monumento. Si ustedes han visitado un lugar de peregrinación, como El Quinche o El Guayco, habrán podido notar que, a menudo, hay allí demasiadas cosas, sagradas y profanas, como altares, velas, foquitos, papelitos, fotografías, estatuillas, pinturas, exvotos, etc. y el bullicio de los peregrinos, ávidos de contacto divino y terrenal. Pues así es la basílica del Santo Sepulcro. En tono hiperbólico, diría que adentro hay mil altares y capillas, mil lámparas, mil pinturas, mil candelabros, mil peregrinos codeándose por no atropellarse, todos en desorden “sagrado”, a veces un poco atosigante. El visitante va ya por caminos angostos, ya por vías anchas como calles, subiendo y bajando viejos escalones de todo tipo, cruzando túneles de altura variable, deteniéndose en cuartos medio obscuros, y haciendo cola para meter la cabeza en un hueco en la roca donde hay algo pertinente a la Cristiandad que, a menudo, no se sabe ni qué es. En las salas o “capillas” se ven pequeños altares, bajo los cuales hay alguna imagen o alguna tabla o piedra que oculta algún elemento religioso. Los peregrinos, generalmente, se arrodillan para meter la cabeza, y besar la imagen o decir simplemente una plegaria. La capilla del Calvario, siempre concurrida, tiene un altar bajo el cual hay una vitrina de vidrio que deja ver una parte de la roca del Gólgota, la colina de la crucifixión que, dicho sea de paso, no fue nunca una montaña o loma como aparece a menudo en la pintura del occidente cristiano, sino una pequeña elevación que fue prácticamente nivelada en los múltiples arreglos de la zona que se hicieron en el transcurso del tiempo -sin contar con los personajes de importancia que se llevaron a sus terruños pedazos de la roca sagrada. Otro lugar muy visitado es el sepulcro de Jesús, donde se forman largas colas para acercarse a una especie de sarcófago, cubierto con una losa grande, a cuyos lados los fieles se arrodillan y rezan con mucho sentimiento. Hay poca probabilidad de que sea el verdadero sepulcro de Jesús, porque si lo fuera no estuviera tan al descampado y sujeto a la manipulación de millones de creyentes. Gabi Barkai nos comentaba que, a su criterio, este lugar era único para entender el fanatismo religioso de los humanos. “Los peregrinos”, decía, “lloran, gesticulan, dan alaridos, se desmayan, se echan boca arriba o boca abajo, o se arrodillan, en trance, con la cabeza y los brazos mirando al cielo; sacan rosarios, collares, pañuelos o telas diversas que los frotan sobre la piedra del sepulcro, aparentemente para usarlos algún día en su casa, ya sea en la mortaja de sí mismos o de sus seres queridos”. 

Hace algunos años publiqué un pequeño artículo sobre “los arqueólogos y la protección divina” en el que señalaba que Santa Elena debe ser nuestra protectora por haber excavado en el Santo Sepulcro y haber descubierto la cruz en la que murió el Redentor. A un momento de la visita, y luego de haber bajado una larga escalera, tuve la sensación de haber descendido bastante en terreno hasta una sala un poquito oscura y me acordé de Santa Elena y pregunté a Gabi qué sabía sobre el asunto. “Pues sí, tú tienes razón”, dijo, “se sabe que Santa Elena trabajó aquí, y justamente estás de pie en el lugar donde encontró la verdadera cruz”. Mon Dieu!!!

En nuestro recorrido notamos, por todo lado, grupos de gente que venían a conocer el templo y a asistir a celebraciones religiosas más o menos exclusivas para cada grupo, porque el Templo del Santo Sepulcro está controlado por religiosos de los varios cultos cristianos que, desde temprano en la historia, han tomado a su cargo la administración del monumento:  los griegos, los latinos, los armenios, los sirios y los coptos. De hecho, la planta de la basílica está dividida en sectores adjudicados a estos cultos, incluyendo espacios de circulación comunes. El celo que tienen estos religiosos es tal, que a menudo ocurren escenas de confrontación poco ejemplares para un sitio de tan alto significado religioso y de tanta concurrencia mundial.  De hecho, tuvimos un pequeño problema en una de las salas, por cuanto un grupo que se encontraba al otro extremo se puso bastante bullicioso. Cuando Gabi pidió silencio recibió como respuesta que lo sentían mucho, pero que ellos, en ese rincón, estaban realmente en espacio armenio y por tanto no cabía su reclamo.

Tengo entendido que el acceso a la Basílica está más restringido que antes, cuando la concurrencia era inclusive más cosmopolita. Hay que tener en cuenta que los turcos (mamelucos y otomanos) se apoderaron de Tierra Santa desde 1517 hasta fin de la primera guerra mundial (1920), siendo Jerusalén la perla de la corona, principalmente por la Basílica, que quedó bajo su control. Ellos abrían y cerraban las puertas y tenían, justo en la entrada, su “diván” para atender a los peregrinos. En los miles de libros de viaje existentes hay invariablemente uno o más párrafos rechazando su actitud militar y prepotente en lugar tan excelso, o por el contrario, alabando la atención con los fieles extranjeros. Como ya no están, cualquier comentario mío es ya irrelevante. En este punto, prefiero quedarme con las frases nostálgicas de un pasado más tolerante, sacadas de la pluma de ese gran viajero que fue Pierre Loti. En su visita a la ciudad en 1895-96, señalaba que junto al sepulcro vio centenares de peregrinos: campesinos rusos, mujeres de Jerusalén, abisinios, árabes de turbante y turcos de sable en mano, todos juntos en esta augusta peregrinación, pero hablándose separadamente en todas las lenguas. El mismo no pudo contener la conmoción que le embargaba en ese momento: “Oh, el Cristo por quien todas estas muchedumbres han venido aquí y por quien lloran! ¡El Cristo por quien esta viejecilla mendiga prosternada aquí, a mi lado, lame el suelo, derrama sobre las losas su corazón miserable y derrama deliciosas lágrimas de esperanza. El Cristo que a mí mismo me retiene en este sitio, como a ella, en un vago recogimiento, dulcísimo, en verdad”.

Una vez en la vieja Jerusalén, nuestros anfitriones nos sorprendieron con una breve excursión por Judea y el mar Muerto. Aquí el paisaje se vuelve cada vez más desértico y quebrado, y solo Dios sabe qué hay en sus entrañas. Por lo pronto, podemos recordar que, a orillas del mar, se encuentran las cuevas de Qumran, donde en la década de 1946-1956 se descubrieron cientos de manuscritos de diferentes épocas, pero particularmente algunos relativos a los Esenios que vivieron en tiempos de Jesús. De hecho, hay más “rollos del mar Muerto”, como los llamamos en español, en otras localidades del desierto de Judea, como la “Cueva de las Cartas” y los pergaminos de Masada, cuyo contenido ha sido ya estudiado y divulgado. Eshel estima que, entre 1947 y 1965, se han hallado en Judea no menos de 1500 textos, ya sea en papiro o en pergamino. 

Y al fin, el enorme peñón de Masada, al sur de la actual Jerusalén, dominando a 60 m. de altura la costa del mar Muerto. Bajo la dominación romana, se produjeron en Palestina varias rebeliones judías, que en el año 66 d. C. desembocaron en una guerra total de liberación. Por desgracia, los judíos fueron derrotados por Tito, que conquistó Jerusalén y expulsó a la mayoría de los sobrevivientes. Solo un fortín rebelde resistió hasta el año 73 d. C., Masada. 

Se trata de un cerro de forma algo romboidal, pero de cima plana, cortada a pico en todo su contorno, lo que lo hacía inexpugnable. En realidad, el sitio no era desconocido. Décadas atrás, Herodes había construido allí una fortaleza con palacios, bodegas y viviendas de piedra caliza, que poco a poco se deterioraron. Cuando los judíos, o un grupo de ellos llamados Zelotes, lo ocuparon, Masada fue reutilizada y readecuada para resistir a los romanos que, al mando de Lucio Flavio Silva, pusieron sitio al bastión, en una campaña que duró de 4 a 8 meses. En términos numéricos, fue la colisión de una legión de 6000 romanos (más cientos de esclavos) con un contingente de 960 rebeldes judíos, entre hombres, mujeres y niños. Aunque éstos contaban con importantes factores a su favor, como enormes cisternas cavadas en la roca para recolección del agua de lluvia y algunos acuíferos, grandes bodegas de alimentos para asedio prolongado, pasos subterráneos para el transporte de víveres y de agua, cadenas  de puestos de vigía y ataque a lo largo de todo el filo de la cima, etc., los romanos acometieron con tecnología bélica que inclinó la balanza a su favor: construcción de un muro de seguridad en torno a la base del peñasco (para evitar fugas desde arriba), levantamiento de una rampa y una torre que llegaran hasta el filo de la cima, y disparos de fuego contra las instalaciones y de ariete contra los muros altos. 

La escalofriante historia del asedio de esta fortaleza fue contada por el historiador judío Flavio Josefo. Básicamente hubo un poco de refriega, por un par de días, hasta que arriba se hizo de improviso un silencio ominoso. Cuando los romanos subieron a la cima, encontraron que casi todos los Zelotes estaban muertos. Aparentemente unos mataron a sus familias y amigos, y otros se suicidaron para no caer en las manos de los odiados romanos. En la década de 1960, Masada fue excavado por Yigael Yadin, quien extrajo conclusiones que se apegaban, tal vez demasiado, al texto de Flavio Josefo, pero que ayudaron por un tiempo a fortalecer la ideología nacionalista del moderno Israel. 

Sin embargo, de contragolpe, ha surgido una crítica fuerte a lo que se ha dado en llamar la “narración mítica de Masada” en la que se cuestionan la procedencia de los ocupantes, la duración del asedio, las acciones bélicas realizadas, el escaso número de muertos hallados (25 esqueletos, acaso de romanos no de judíos, encontrados no en la cima de la matanza, sino en una cueva de la base del peñasco). Todo esto, sin contar con asuntos más sensibles, como el hecho de que el suicidio es, en principio, una violación de la ley judaica, y que la identidad social o étnica del grupo rebelde no abona a favor de los valores nacionalistas de Israel. La nueva teoría dice que si bien los ocupantes de Masada eran Zelotes, estos estaban comandados por el grupo violento de los Sicarii, que eran simplemente asaltantes de pueblos y salteadores de caminos y que carecían completamente de propuestas políticas, peor nacionalistas. 

Compartir este Artículo

Deje una respuesta

* Nombre:
* E-mail: (No publicado)
   Sitio web: (URL del sitio con http://)
* Comentario
Digite el código
0