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El mundo de mis libros
Publicado por      11/08/2019 15:48:41     Ex Libris    0 Comentarios
El mundo de mis libros

A manera de aperitivo, he puesto este pequeño ensayo que escribí hace mas de 20 años, respondiendo a un cuestionario que el amigo librero Edgar Freire nos propusiera a algunos intelectuales para un libro que se publicó en 1995 (Los libros en mi vida. La historia que nunca se contó. Círculo de Lectores, Quito).

No sé cuando comencé a leer, pero lo hice por propia iniciativa, cuando todavía era muy niño. Había en la década de 1950 una serie de cuentos publicados por la editorial Sopena, que los leía con avidez. No recuerdo de dónde sacaba el dinero, aunque me lo imagino, pero pronto me hice de una pequeña colección de los mismos, entre los que recuerdo Robinson Crusoe, Genoveva de Brabante, El gato con botas, Gulliver, etc. En los últimos años de la escuela, mi madre acostumbraba ponerme a trabajar en algún oficio, durante las vacaciones, para que no moleste en casa. Trabajé en una joyería, luego en un consultorio dental y en un consultorio médico, en calidad de "obrero", "asistente" y "recepcionista", respectivamente, lo que me permitió ganarme unos sucres por semana, y acceder a niveles superiores de lectura: la Enciclopedia Pulga, una colección de pequeños libritos de tamaño mini-bolsillo, que costaban un sucre, cifra exorbitante de la que podía disponer, gracias a mis honorarios de asistencia técnica. Recuerdo entre sus títulos El Anillo de los Nibelungos y La Valquiria que me abrieron por primera vez al mundo de la leyenda y la mitología.

En aquel entonces me había ya ganado la respetabilidad de mi madre y hermanos, al punto que en Semana Santa era yo el lector "oficial" de El Mártir del Gólgota, cuyos pasajes leía en voz alta a mi audiencia, luego del rezo del rosario. Este libro de Enrique Pérez Escrich, era una fascinante mezcla de relatos canónicos y apócrifos de la vida de Jesús. Recuerdo todavía los pasajes de la muerte de Herodes revolcándose en su lecho de púrpura, y la maldición de Samuel Beli-Beth, el judío errante, que vagaba por el mundo con real y medio en el bolsillo, según la acotación piadosa de mi madre. Este es sin duda el libro más querido de mi niñez. No sé si el ejemplar de la casa fue quemado por nosotros mismos en una noche junio, junto con las barbas de San Pedro, o si se perdió en uno de los numerosos cambios de casa. Lo cierto es que, hace algunos años, encontré otro ejemplar en una librería y no pude resistir adquirirlo, cuando al pasar sus páginas sentí de pronto el olor y el bullicio de mi niñez lejana.

Talvez deba decir una palabra sobre las revistas de dibujos animados o "comics", como las llaman ahora. Siempre llegaban de México, con las aventuras de esos héroes inocentes, Superman, Roy Rogers, Hopalong Cassidy, el Llanero Solitario, todos ellos decapitados hoy por las espadas de He-Man, los jedis y otros héroes más modernos. Los santos también desfilaron por mi vida, esta vez con beneplácito de mi madre, que financió varios números de la conocida serie Vidas Ejemplares.

En el colegio accedí al mundo de los libros "gruesos". Realmente, no lo eran tanto, pero tenía siempre la impresión de que, mientras más leía, más crecía el libro, y nunca se acababa. Pero los hice desfilar con tesón ante mis ojos. Salgari me dio mi primer héroe juvenil, Sandokán, el pirata bueno de la Malasia. Julio Verne me abrió al mundo del océano y la Luna, y al amor heroico de Miguel Strogoff. En quinto curso, me adentré en la literatura ecuatoriana, básicamente la novela de los años treinta: Jorge Icaza y el grupo de Guayaquil, de quienes me ha impresionado siempre la fuerza de sus imágenes.

Por entonces, comencé a "pulsar la lira", como todo buen cuencano, a leer mucha poesía (Rubén Darío, Amado Nervo, Pablo Neruda, y entre los ecuatorianos, Dávila Andrade, Gonzalo Escudero, Rubén Astudillo); y a adquirir esas horribles antologías llamadas invariablemente: "Las cien mejores poesías de...". Siempre me pregunté por qué tenían que ser cien, y por qué eran "mejores" los aburridos poemas que contenían.

Del lado "científico" del asunto, me interesé en la Psicología, la Historia Antigua y las Ciencias Naturales, particularmente la Geología. Y de esto tengo un recuerdo algo triste. Estudié en el colegio Normal "Manuel J. Calle" de Cuenca, y me gustaba mucho visitar, a la salida del colegio, la librería "Ecuador" de Don Ignacio Andrade, para hurgar en sus estantes repletos de libros. Lamentablemente, a la misma hora, acudían dos profesores míos de los que jamás obtuve una frase de aliento. Solo una sonrisa desdeñosa, mientras miraban por encima de mi hombro el libro que tenía abierto. Y la pregunta invariable que me sonaba a reproche: ¿Qués, pes, ya estás leyendo Geología? ¿Si comprendes? Opté finalmente por llegar a la esquina de la librería y esperar a que mis maestros salieran, para disfrutar a solas de la afición libresca que se me iba ya consolidando. Le tendré siempre gratitud a Don Ignacio porque me trataba bien, y porque en aquella época tuvo conmigo un gesto extraordinario: me dio crédito para adquirir mi primera biblioteca. No sé si llegué a pagarle todo lo que le debía, pero estoy seguro que nunca supo el bien inmenso que me hizo.

En la Universidad de Cuenca, leí por requerimientos académicos algunas obras de literatura española, pero realmente me fascinaba la historia. Lamentablemente, tenía un profesor decepcionante que iba a clase con el libro de texto y nos dictaba "materia" durante toda la hora. Era chistoso oirle toser todo el tiempo, aprovechando el acceso de tos para agacharse a mirar el libro y dictar el texto. Por ello me dediqué mas bien a leer por mi cuenta. Un tiempo me dediqué a leer libros de historia árabe, y sobre todo de historia antigua, particularmente de Egipto y Mesopotamia. A través de estas civilizaciones me adentré en el mundo de la arqueología, que posteriormente se convertiría en la razón de mi existencia. Nunca me olvidaré de Dioses, Tumbas y Sabios de Ceram, el primer libro de arqueología que cayó en mis manos. Por supuesto, como cualquier intelectual que se respetaba, no salí de la década del 60, sin antes haber leído las obras de Teilhard de Chardin, y haber acumulado una pequeña biblioteca de 300 volúmenes.

El resto de mi formación académica en Francia y Estados Unidos ha sido de abundante lectura científica profesional de la que no voy a hablar. Tuve en Francia un corto ciclo de lectura "extraterrestre" en que vi la historia del mundo poblada de naves espaciales. Le paré el asunto cuando leí en un libro que, hace miles de años, una nave espacial le mandó a la Luna un rayo laser que le paró el movimiento de rotación, dejándole con la cara que tiene hasta ahora. Demasiada libertad de expresión, sin duda, sobre todo para mí que, a base de grandes esfuerzos, trataba de poner algo de coherencia en mis neuronas.

Tengo una buena biblioteca y leo todos los días, pero me deja algo indiferente la literatura de los literatos que ganan premios, las novelas ultra-modernas que no tienen ni pies ni cabeza, las que no tienen signos de puntuación. Me gustan mucho los libros de viajeros, particularmente si son antiguos, pero mi género predilecto es la historia novelada y la novela histórica. El señor Harold Lamb, de quien solo sé que ha escrito más de treinta biografías noveladas, me dio de joven a Alejandro Magno, mi ídolo de la historia, y la novelista Mary Renault (El muchacho persa, Fuegos del paraíso) me permitió sentir a mi personaje cabalgando por los bosques de Macedonia y embriagándose en la frivolidad de Persia. Mis recientes descubrimientos han sido Jean Auel (El Clan de la Cueva del Oso, etc.) por su épica 

saga de los cazadores prehistóricos, y Gary Jennings (Azteca) por su conmovedora reconstrucción del mundo precolombino. Tal vez tenga por allí algún pecadillo. No he leído, por ejemplo, el Quijote, de lo que tampoco estoy arrepentido, porque en general los clásicos me asustan. No podría señalar algún libro que me haya causado impacto duradero; es el conjunto de libros que he leído y leeré, lo que ha transformado mi vida y mi visión del mundo.

Autor: Ernesto Salazar

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