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La Biblioteca Americanista
Publicado por      03/25/2020 07:50:17     Ex Libris    0 Comentarios
La Biblioteca Americanista

Uno de los problemas más graves que tienen los investigadores del Tercer Mundo es el acceso a bibliografía profesional. Ahora el asunto ha mejorado notablemente, con la obligación que tienen las universidades de adquirir nuevos libros y bases de datos de revistas de las diferentes especialidades que ofrecen. Pero en la era pre-internet, cuando yo comencé mis investigaciones, la situación era de llorar. Había que presionar a la universidad a que compre algunos libros o que se suscriba a alguna revista especializada y, si no lo hacía, uno mismo tenía que hacerlo de su escaso salario. El caso extremo era escribir a algún colega extranjero pidiéndole que “de sacando” una copia y la envíen por correo. Y en medio de tanta precariedad, todavía teníamos ánimo para compadecer a nuestros colegas del siglo XIX o comienzos del XX, que probablemente tuvieron mundos mucho más adversos. Justamente, tengo al respecto una interesante historia para los amigos de LIVIRAME.

En la Colonia hubo lectores ricos que podían acceder al conocimiento importando libros o, en su defecto, consultándolos en los conventos, que generalmente tenían bibliotecas. Las más copiosas e importantes eran sin duda las jesuíticas que, luego de la expulsión de la orden religiosa de Hispanoamérica, pasaron a constituir los fondos semillas sobre los que se erigieron las bibliotecas “públicas” de fines de la Colonia. La de Quito fue inaugurada en 1792, con algo más de 10.000 títulos, en estanterías de madera con filos dorados, coronadas por estatuas que denotaban “las facultades a que corresponden los libros de aquellos cánones” (Manuel José Caicedo). Todo bello, al parecer. Y si me imagino bien, supongo que en la repisa del tope habrán estado Calíope, Clío y Euterpe con el pie sobre los estantes de la poesía, la historia, y la música, respectivamente. Pero… ¿habría lectores? ¿y de qué nivel social? Muy poco se sabe de la historia de esta biblioteca, excepto que, en 1838, fue declarada Biblioteca Nacional, y que en 1862, los jesuitas volvieron a hacerse cargo de ella, mejorando su administración y ampliando su fondo. Por otro lado las Universidades de Quito y Cuenca operaban ya con sendas bibliotecas e importantes fondos al servicio de los estudiantes, aunque se ignora cuan actualizados se encontraban. ¿Cómo solventaban los investigadores ecuatorianos de la república temprana el problema de las fuentes bibliográficas? El historiador y Arzobispo Federico González Suárez (FGS) ha dado algunos atisbos de la situación que valen la pena comentarlos. Para comenzar, su magno proyecto de escribir la historia general del país, se estrelló ante la dificultad de no poder encontrar la bibliografía adecuada, asunto que se fue tornando más angustioso, a medida que su alma inquisitiva, y sola, trató de aproximarse al estudio de las poblaciones precolombinas del Ecuador. “En mis estudios arqueológicos”, dijo, “en mis investigaciones históricas, yo estaba solo, aislado; no tenía a quien consultar nada, ni a quien pedir consejo”.  

Con ese auto-diagnóstico, es muy comprensible que FGS haya construido su acervo bibliográfico en el lapso de veinte largos años consecutivos, como ha afirmado. “Tropecé con obstáculos, al parecer insuperables, encontré dificultades de todo género… y se me condenó como a sacerdote disipado, porque, dejando de estudiar la Teología, me dedicaba a estudios profanos”. Triste vida, y más penosa aún, cuando nos enteramos, por él mismo, que el único libro de arqueología que había en el país, era “Sitios y vistas de las cordilleras” de Humboldt. No mucha cosa sin duda, aunque fuerte aliciente para buscar por donde fuere las fuentes de la investigación arqueológica: “fui, libro por libro, obra por obra, formando poco a poco, paso a paso, una biblioteca americanista, sin reparar en gastos ni acobardarme por sacrificios. Me condené a una vida de mucha pobreza y de privaciones, a fin de conseguir las obras costosísimas que necesitaba, y logré mi intento”. Junto a la obra de Humboldt, el acervo científico original de FGS, incluía la “Historia” de Juan de Velasco (que la leyó cuando tenía doce años), los “Comentarios Reales” del Inca Garcilaso de la Vega, las crónicas de Cieza de León y Oviedo, la “Historia de la conquista de Perú” de William Prescott, que ya en 1851, circulaba en una edición uruguaya y otra española, y algunos de los escritos arqueológicos de Brasseur de Bourbourg, que los abandonó por peligro de extraviarse “en cosas de pura imaginación”, aunque su queja no va muy acorde con la frecuente mención de este autor en su Historia del Ecuador. 

En 1884, FGS viajó a Europa, donde pasó un par de años estudiando y copiando documentos, particularmente en España, y adquiriendo libros de arqueología y afines y hasta manuscritos por todo lado, ya en Madrid, Roma, París, Suiza, Lisboa, o en Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima, estas últimas, ciudades en la ruta de regreso a Quito. Fue en esta larga jornada que FSG adquirió lo que llamaría con cariño y orgullo su “Biblioteca Americanista”. 

Se desconoce la envergadura de esta biblioteca, que sin duda creció, a su regreso de Europa, pero un buen indicio son las citas bibliográficas, en varios idiomas, del primer tomo de su Historia (edición de la Casa de la Cultura, 1969). Hay citadas obras clásicas de viajeros, como Caldas, D’Orbigny, Wiener, Marcoy, y Squier; libros de carácter general como los de Nadaillac (América prehistórica), Torquemada (Monarquia indiana), Landa (Cosas de Yucatán), Ulloa (la Relación del viaje a América), P. Hervas (Catálogo de las lenguas), Charnay (ciudades antiguas de América Central), Rosny (escrituras mesoamericanas), Actas de los Congresos de Americanistas, Eliseo Reclus (trabajos de geografía), Fergusson (megalitos), Ruiz Montoya (evangelización en Paraguay), Kastner (tradiciones religiosas indígenas), Dejardins (Perú antes de conquista), Lorente (civilización peruana), Hamy (paleontología humana), los tratados clásicos de Lubbock sobre el hombre prehistórico, la Antropología de Tylor, la geología de Lyell, las antigüedades peruanas de Tschudi, la historia de América de Pi y Margal, y de paso la historia de Cesar Cantú, predilecta de FSG, el Crania Americana famoso de Morton (a comienzo del siglo XX ningún arqueólogo cruzaba el mundo sin Crania Americana), Ameghino (antigüedad del hombre argentino), Quatrefages (razas humanas)… En fin, obras de Paz Soldan, Paravey, Burmeister, Baldwin, Lenormant, etc., etc. El “arsenal” de crónicas adquirido por FGS fue casi completo para su tiempo: Santillán, Pachacuti Yamqui, Arriaga, Zárate, Herrera, Gómara, Acosta, Molina, García, Montesinos, Castellanos, Calancha, Anello Oliva, Betanzos, Avila (Huarochirí), las “Relaciones” geográficas de Indias de Jiménez de la Espada, entre otras. El lector interesado puede recurrir a las “Notas y aclaraciones” del Tomo I de la Historia para un panorama más amplio del contenido de la Biblioteca Americanista. Y de sus citas bibliográficas se desprenderá que FGS se desenvolvía bien con el francés y el inglés, llegando al extremo inusual de traducir hasta los títulos de los libros para citarlos. 

Con seguridad, no son todos lo que están, ni están todos los que son. Además, con el paso del tiempo su biblioteca habrá crecido por el contacto científico con Menéndez Pelayo, Jiménez de la Espada, Saville, Lummis, Rivet, Ballivian, Posnansky, von Buchwald, y hasta el cónsul estadounidense de Guayaquil, que gentilmente le ayudaba a proveerse de libros. Y es justo reconocer también que, gracias a este esfuerzo bibliográfico, FGS se convirtió en un erudito de la arqueología y la historia colonial del Ecuador, en las primeras décadas del siglo XX.

Detalles adicionales interesantes se encuentran en la introducción que hiciera Jacinto Jijón y Caamaño (JJC), al libro de Xavier Alegre (historia de los jesuitas en Nueva España, 1940), cuyo manuscrito original perteneció justamente a la biblioteca de FGS. Al parecer, nuestro historiador tuvo tres bibliotecas, la primera “rica en número y calidad”, que dejó a la Diócesis de Ibarra para uso del clero y de los estudiosos, llevándose solamente los libros de historia y arqueología americanas y afines cuando se asoció con la Arquidiócesis de Quito. Este lote “científico” constituyó la Biblioteca Americanista, que pasó algún tiempo guardada en los aposentos de la Arquidiócesis, mientras FGS atendía asuntos pastorales. Fue esta biblioteca la que un día de 1909 fue entregada a JJC, en calidad de alumno suyo de la recién fundada “Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos”. La entrega tenía dos condiciones: una que los libros estén a su disposición cuando FGS los necesitare, y la otra que, a su muerte, los libros sean vendidos a precios aceptables y su valor total entregado a sus herederos para ser invertidos en beneficencia. Y como decimos coloquialmente “el vicio es vicio”, FGS se embarcó en la formación de una tercera biblioteca que al fin la dejó para el Palacio Arzobispal. Eventualmente, la mayor parte de esta biblioteca se llevó uno de los albaceas de FSG, el Dr. Leonidas Batallas, quien vendió dicho lote a JJC, acaso junto con muchos volúmenes de la Biblioteca Americanista. A Jijón y Caamaño le habrá agradado mucho un arreglo de este tipo, si se considera que él también, como arqueólogo, estaba configurando su propia biblioteca americanista. El actual Fondo JJC del Ministerio de Cultura alberga buena parte de las bibliotecas de ambos personajes, aunque el concepto americanista ya no sea perceptible ni discernible. 

Y ahora, para terminar, y con salto de alegría, les cuento que FGS fue un bibliófilo consumado: “Amaba sus libros”, dice JJC, “los trataba con cariño, y en su infinito desdén de las riquezas, solo había un tesoro que lo atraía, el que consiste en volúmenes valiosos, o por su contenido, o por su rareza, o por la hermosura y primor con que han sido impresos, o encuadernados”. 

Todo esto me suena conocido porque yo ando así por el mundo, comprando libros: mirándolos de arriba abajo, de un lado al otro, abriéndolos, rozando los grabados con las yemas de los dedos, oliéndolos (cuando nadie me ve), y sondeando en las huellas que han dejado lectores de otros tiempos. Y al escribir esto no puedo evitar sentir en el fondo un cariñoso “feeling” con FGS. Estoy seguro que, de haber vivido a comienzos del siglo XX, me hubiera pasado metido en el Palacio Arzobispal conversando y conversando de libros y libros con el ilustre historiador, ambos rodeados nada menos que de los hermosos volúmenes de la Biblioteca Americanista.

Autor: Ernesto Salazar

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